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Exhibition Transcripts

entre horizontes: Art and Activism Between Chicago and Puerto Rico features a selection of materials documenting the social movements and community organizations that advocated for the rights of underrepresented Latine communities.

Accompanying these materials are statements from community members, historians, and leaders, who reflect on these topics. You may listen to their voices at audio stops located near the ephemera, and find texts transcribed from their statements on this page.

Please note that these are raw transcripts; they will be updated after the exhibition opening.

En Español

La profesora de Estudios Latinos de la Universidad DePaul Marisa Alicea habla sobre la educación bilingüe en Chicago.

Me llamo Marisa Alicea. Nací y crecí en Chicago, en West Town, en lo que ahora se conoce como los barrios gentrificados de Wicker Park y Bucktown. Desde hace más de treinta años, soy profesora de Sociología en la Universidad DePaul, donde contribuí a reorganizar el Centro Latino de Investigación.

Durante mi infancia, asistí a uno de los primeros programas bilingües de Chicago, y esta es la foto de mi clase de séptimo grado. Soy la que lleva la blusa azul claro, en el centro de la foto. A mi izquierda, vestida de blanco y negro, está la señora Velázquez, mi maestra de séptimo y octavo. En el extremo derecho está la señora Flores, la directora del programa de educación bilingüe. Estos programas de educación bilingüe se crearon dado al activismo de personas como María Cerda, Mirta Ramírez y Carmen Valentín, quienes lucharon por muchas iniciativas, entre las que se encuentran los programas de educación bilingüe. Sus esfuerzos finalmente culminaron con la aprobación de la Ley de Educación Bilingüe de 1968 y la fundación del capítulo de Aspira en Chicago. [1]

Estos programas surgieron como respuesta directa a las formas en que el sistema educativo de Chicago estaba fallando a la comunidad puertorriqueña. De hecho, un estudio realizado en 1971 por Isidro Lucas reveló que el 70 % de los jóvenes puertorriqueños no terminaban la escuela superior.

Todavía recuerdo el día en que hice la transferencia de un salón de clase monolingüe a uno bilingüe en la escuela primaria Peabody. Era 1971, tenía 10 años y estaba en quinto grado.

Alrededor del tercer día del nuevo año escolar, aquellos de nosotros cuyos padres habían consentido nuestro traslado al programa de educación bilingüe fuimos acompañados al nuevo salón por uno de los administradores de la escuela. Subimos en grupo un largo tramo de escaleras hasta llegar al tercer piso del edificio, donde se impartía el programa. Mientras subíamos y nos acercábamos a nuestro destino, oí a una maestra hablando español; y no sólo hablaba español, sino que lo hacía con acento puertorriqueño. En aquel instante, el sonido de su voz rompió una barrera que yo misma no era consciente de que existía entre mi casa y la escuela: en casa hablaba español y era un ambiente enriquecedor, y en la escuela hablaba inglés y era un mundo donde nos trataban con dureza a mis compañeros y a mí.

Cuando nuestra maestra se acercó a la puerta para saludarnos, me quedó claro por su forma de hablar español y por sus rasgos físicos que era puertorriqueña. Hasta ese momento, pensaba que los puertorriqueños sólo podían ser conserjes, trabajadores de fábricas, empleadas domésticas, y niñeras, pues aquellos eran los trabajos que tenía la gente de nuestra comunidad.

El programa bilingüe se convirtió en un entorno de aprendizaje íntimo, algo que nunca había experimentado en mis 5 años anteriores de educación. En los salones de clase bilingües, la mayoría eran maestras puertorriqueñas que, de forma similar a los maestros afroamericanos de las escuelas segregadas del Sur, aportaban una ética de cuidado a su trabajo. Las maestras fomentaron nuestro crecimiento intelectual y, como escribe bell hooks, nos enseñaron que “nuestra devoción por el aprendizaje, por una vida mental, era un acto contrahegemónico, una forma fundamental de resistir” la opresión de género, raza y clase. [2]

Fue en estos salones donde sucedió mi despertar político: aprendí sobre la realidad del racismo y sobre las luchas de los puertorriqueños, y empecé a definirme y a desarrollar una identidad enraizada en la historia y en las luchas de nuestra comunidad. Reclutadas en Puerto Rico para venir a enseñar en los programas de educación bilingüe, mis maestras también nos enseñaron a pensar más allá de los límites establecidos por las normas racistas, clasistas y sexistas. Me animaron no sólo a terminar la escuela superior, sino también a ir a la universidad.

Además de realizar importantes iniciativas en la escuela, nos mostraron su capacidad de liderazgo en las reuniones de la Asociación de Padres y Maestros, donde lucharon para garantizar que nuestros padres tuvieran voz y que se tuvieran en cuenta nuestras necesidades. Mirando hacia mi pasado, fue en estas aulas bilingües donde aprendí que la educación no sólo consiste en adquirir habilidades específicas y en ampliar los conocimientos. Me enseñaron que los estudiantes deben ser vistos, como explica bell hooks, como sujetos que actúan en y sobre el mundo, no como receptores pasivos de información. [3]

Gracias a mis maestras, aprendí mucho más que español en mis cuatro años en el programa de educación bilingüe. Es gracias a ellas que hoy yo misma soy educadora.

REFERENCIAS

1. Karen Sakash, “Bilingual education,” in The Electronic Encyclopedia of Chicago, Chicago Historical Society, 2005, encyclopedia.chicagohistory.org/pages/137.html.

2. bell hooks, Teaching to transgress: Education as the practice of freedom (New York: Routledge, 1994), 2.

3. hooks, Teaching to transgress.

El poeta, galerista, autor y propietario de la empresa Paseo Boricua Tour Company, Eduardo Arocho, habla sobre los esfuerzos para salvar y restaurar el mural La Crucifixión de Don Pedro.

Mi nombre es Eduardo Arocho. Nací y crecí en Humboldt Park, Chicago. Soy poeta, galerista, guía turístico y propietario de la Compañía de Tours Paseo Boricua.

El artículo que tienes ante ti fue publicado en junio de 2007 en . Esta edición presentó una entrevista que realicé al artista Mario Galán. En 1971, Galán, junto con otros miembros de la Asociación de Artistas Puertorriqueños, pintó el icónico mural “La Crucifixión de don Pedro”. Este mural está en Humboldt Park y es el mural puertorriqueño más antiguo en los Estados Unidos.

Es difícil pasar por alto su presencia. Tiene dos pisos de altura y conmemora la vida de Pedro Albizu Campos, una figura destacada del siglo XX en la lucha de Puerto Rico por la independencia de los Estados Unidos. Con la primera bandera de Puerto Rico como telón de fondo, la bandera del Grito de Lares, el mural representa la crucifixión de Albizu Campos por Luis Muñoz Marín, el primer gobernador elegido de Puerto Rico y fundador del Estado Libre Asociado o estados libres asociados, el actual y controvertido estatus político de Puerto Rico.

Este estatus redefinió las relaciones coloniales entre el archipiélago y los Estados Unidos. En el mural, la nacionalista puertorriqueña Lolita Lebrón y Rafael Cancel Miranda también están siendo crucificados. Mientras que varios otros revolucionarios puertorriqueños de los movimientos abolicionistas observan desde arriba. En sus más de 50 años, el mural ha representado muchas cosas para muchas personas. Yo mismo lo he visto durante toda mi vida. Siempre me intrigó porque pensaba que don Pedro era Jesús, y siempre me pregunté por qué Jesús llevaba un esmoquin y una corbata de moño.

Hoy en día, Albizu Campos es una figura celebrada y prominente en la comunidad, con una estatua, una calle, una escuela y un nuevo edificio con su nombre. Sin embargo, cuando la Asociación de Artistas Puertorriqueños pintó “La Crucifixión de don Pedro”, se consideró un acto radical y controvertido mostrar a Muñoz Marín a punto de apuñalar a Albizu Campos. Pero hay otra historia importante, la historia de un terreno que está justo al lado del mural. Un día, en el año 2000, me di cuenta de que estaban construyendo una base en el terreno justo al lado del mural. Preocupado por el riesgo de que el mural fuera tapado, informé a mis colegas en la Red de Vecindarios del Noroeste Cercano. Con la aprobación de su director ejecutivo, comencé a desarrollar una propuesta para una estructura que conmemorara el mural. También me contacté con el legendario muralista John PittmanWeber para hacer un estudio del mural y su significado histórico. Sin embargo, esos planes se pospusieron debido a los acontecimientos del 11 de septiembre.

Un año después, revisamos los planes y comenzamos a negociar con los dueños del terreno. Un día, construyeron un muro para tapar el mural lo más pronto posible. Inmediatamente, comenzamos a protestar y a hacer piquetes en el sitio. En ese momento, el muro llegaba hasta el pecho de la Cruz del Medio, donde se encuentra Pedro Albizu Campos. Estábamos recibiendo mucha atención de los medios y finalmente derribaron el muro y continuamos negociando durante un par de años más. Este proceso se repitió dos veces más en los años siguientes.

No fue hasta que el entonces concejal Billy Ocasio amenazó con encadenarse a la estructura que detuvieron la construcción de forma definitiva. Dijeron que no querían ese tipo de atención. Fueron muy tercos en vender o intercambiar ese terreno por otros lotes. En 2007, la ciudad de Chicago tomó la expropiación forzosa y pagó a los desarrolladores $500 000 para tomar el control de la propiedad. Una vez hecho esto, la ciudad pudo construir el jardín y nosotros pudimos restaurar el mural.

En 2013, la ciudad vendió la propiedad al Centro Cultural Puertorriqueño por $1. Desde entonces, el centro ha sido el encargado del terreno. Hoy en día, hay planes para restaurar el mural una vez más y renovar el jardín.

El escritor y activista José López habla sobre las rebeliones de 1966 y 1977.

Mi nombre es José E. López y soy el director ejecutivo del Centro Cultural Puertorriqueño. Lo primero que debo decir es que en los periódicos comunes se les llama disturbios, EL disturbio de la calle División de 1966, el Disturbio de Humboldt Park en 1977. No fueron disturbios. Fueron rebeliones contra un proceso sistémico de exclusión y marginación que enfrentaron los puertorriqueños en Chicago. En 1966, un joven puertorriqueño en la esquina de la Calle División y Damon fue baleado sin provocación, y literalmente la gente lo agarró, lo llevó al hospital, sangrando, y la indignación de la gente fue tal que comenzaron a volcar autos de policía, convirtiéndose en un evento dramático y violento. Pero tuvo que ser dramático porque no hablaba de un disturbio, sino de una rebelión contra esos procesos socioeconómicos que marginaban y contenían al pueblo puertorriqueño en la Ciudad de Chicago.

Así que podríamos hablar sobre 1966 y el tiroteo a Arcelis Cruz, y podemos hablar sobre 1977 y la Rebelión del 77, que vio a dos jóvenes puertorriqueños, Julio Osorio y Rafael Cruz, asesinados a sangre fría por un sargento de policía, un hombre que estaba enseñando en la academia de policía, estaba practicando, creo yo, lo que estaba enseñando, que eran los ataques a los jóvenes de color, algo que hemos visto en todo el país hasta el día de hoy. Esos dos eventos para mí son expresiones colectivas de resistencia de un pueblo que ya no estaba dispuesto a aceptar ese tipo de trato, de exclusión de todas las instituciones. Podemos hablar de cada institución en Chicago, ya sea la policía, el sistema de salud, la vivienda, el empleo, hablar de cualquier problema social, y te mostraré cómo los puertorriqueños fueron excluidos de cualquier posibilidad de autorrealización. Para mí, la idea de estos disturbios debe situarse en el contexto histórico de las rebeliones contra un sistema.

La migración puertorriqueña es una migración informada por el cambio de lugar y espacio, pero no por el cambio de condición. En otras palabras, pasamos de una realidad colonial externa a una realidad colonial interna. Y lo que quiero decir con colonialismo interno es el racismo sistemático que informa a este país y que obviamente vemos reflejado en el trato hacia los afroamericanos, nativos americanos, chicanos y todas las personas de color. Los puertorriqueños vinieron aquí literalmente para convertirse en sujetos coloniales internos. Para mí, esa rebelión fue contra este sistema continuo que los puertorriqueños han vivido durante 500 años, primero bajo España, y ahora hace 125 años, el 25 de julio de 1898, los Estados Unidos invadieron Puerto Rico y finalmente deshicieron toda la nación puertorriqueña. Más importante aún, trataron de sacar a los puertorriqueños de su contexto histórico porque eso es lo que hace el colonialismo en todas partes. Las prácticas colonialistas siempre tratan de sacar a un pueblo de la historia.

Descolonizar significa volver a situarse en la historia. Esto es lo que Amilcar Cabral, el gran pensador de Guinea-Bissau en África Occidental, dijo una vez. “Los colonialistas nos dicen que no tenemos historia. Mienten. Nos sacaron de la historia y nosotros pretendemos volver a situarnos en la historia”. Así que creo que la idea de una rebelión es volver a situarse en la historia. Para mí, esos dos eventos hablan de esa idea de autodeterminación, autorrealización y autosuficiencia.

Mérida M. Rúa, profesora del Programa de Estudios Latinos y Latinas y Directora de Estudios de Bachillerato en la Universidad Northwestern, habla sobre el activismo en la década de 1940 entre trabajadoras domésticas, estudiantes universitarios y trabajadores sociales.

Soy Mérida M. Rua, docente, en el programa de estudios Latina/Latino en la Universidad del Noroeste, y autora de “Una identidad arraigada que crea nuevas vidas en los barrios puertorriqueños de Chicago”. En ese libro cuento la historia de más de 350 trabajadores puertorriqueños reclutados que llegaron a la ciudad de los vientos en el otoño de 1946. La mayoría eran mujeres solteras que vinieron a trabajar como empleadas domésticas. También se reclutaron unos 70 hombres para la compañía Chicago Hardware Foundry en el norte de Chicago. Y otros 80 para la compañía de aceros Inland en el este de Chicago. Castle Barton y Asociados, una agencia de empleo de Chicago, los contrató. Los recién llegados fueron transportados en autobús desde el aeropuerto de Midway al hotel Lincoln Park en el lado norte de Chicago donde permanecieron hasta que se asignaron las prácticas. Sin embargo, en cuestión de meses, las mujeres se organizaron junto con alumnos universitarios y protestaron por las miserables condiciones de trabajo y de vida.

La YWCA de Puerto Rico, pidió a la sucursal de Chicago que “cuidara a las niñas”. Los jueves sociales de té y los Y se organizaron para acelerar la correcta asimilación de los recién llegados. [1] Aunque las mujeres preferían el café con leche, fueron a conversar hacer amigos y comparar condiciones de trabajo. Las mujeres puertorriqueñas emigraron con la esperanza de un salario digno y una oportunidad de ascenso social, pero recibieron mucho, mucho menos. Su salario era de $60 mensuales, de los cuales se deducían $10 por gastos de viaje, y otros $8 y pico que les retenía Castle Barton y Asociados, hasta que se cumplieran los términos de su contrato o fueran despedidas. Las mujeres se quedaban con alrededor de $10 a la semana. [2] No había garantía de horas de trabajo estándar, tareas o un día libre. Cuando las trabajadoras domésticas se enfrentaron a sus malas condiciones de trabajo, encontraron aliados entre los estudiantes en la Universidad de Chicago.

Como parte del proyecto de construcción de la nación de la isla, en esta época, una migración paralela, más pequeña, de mujeres y hombres jóvenes, fue patrocinada por la universidad de Puerto Rico, para asistir a la Universidad de Chicago. [3] Iban a ser la futura facultad en la Universidad de Puerto Rico. Entre ellos estaban Muna Muñoz Lee, hija de Luis Muñoz Marín, quien en 1946 fue presidente del senado de Puerto Rico. Más tarde, se convertiría en el primer gobernador electo de Puerto Rico. También en la universidad estuvo Elena Padilla, una estudiante de antropología que escribió sobre las trabajadoras domésticas en su tesis de maestría de 1947: “Inmigrantes puertorriqueñas en Nueva York y Chicago, un estudio de asimilación comparativa”. [4] La tesis de maestría de Padilla es el primer trabajo académico para iluminar el significado de la migración puertorriqueña a la metrópolis del Medio Oeste. [5]

Fue por ver la oferta de la vacante publicada en anuncios para los servicios como: “Trabajadoras puertorriqueñas blancas” como empleadas domésticas y ayudantes de cocina, las dos estudiantes graduadas caminaron de Hyde Park a Lincoln Park para hablar con las trabajadoras y conocer su situación. El 3 de octubre, Padilla mecanografió “Antes de ti” una carta para Jesús Colón, un activista laboral, comunista e intelectual público, en Nueva York, sobre el precario estado de las trabajadoras puertorriqueñas. Le preocupaba profundamente que el Departamento del Trabajo de Puerto Rico sancionara desde el principio el plan de migración laboral. Ella prometió: “Hacer algo para abolir la importación de puertorriqueñas que iban directo a su propia muerte, además de contribuir a la pobreza y el hambre de otras trabajadoras”. [6] Una de las cosas que hacía con sus compañeros era emitir un informe en inglés y español. El informe preliminar de las trabajadoras puertorriqueñas contratadas en el área de Chicago, con fecha del 25 de noviembre de 1946, fue distribuido a La prensa local a las imprentas en Nueva York y en Puerto Rico, y a funcionarios del gobierno federal y del estado insular. [7] Fue enviado a personas destacadas. dentro y fuera de Chicago también. Entre ellos, Jesús Colón en Nueva York, y Luis Muñoz Marín en San Juan. [8]

Tres días después, el Día de Acción de Gracias, más de 50 trabajadoras domésticas protestaron en las oficinas del centro de Castle, Barton y Asociados, exigiendo “Un día libre, aumentos y menos horas de trabajo”. [9] En la protesta había estudiantes de posgrado de la Universidad de Chicago. El defensor de Chicago, el más grande y destacado periódico semanal afroamericano, cubrió la protesta. El titular decía: “Las puertorriqueñas son explotadas en EE. UU”. Muna Muñoz Lee era la segunda de izquierda a derecha en la foto del Defender. Padilla citó una frase de la protesta: “Las empleadas se niegan a trabajar y a hablar inglés”. [10] En cartas para su padre, Muna Muñoz Lee lo instó como presidente del senado a tomar medidas inmediatas para mejorar las condiciones de las trabajadoras migrantes de Chicago. Aunque solo eran estudiantes de posgrado, Padilla y Muna Muñoz Lee, ya tenía una red de contactos y relaciones que tenían influencia. Entendieron el mundo político de Puerto Rico y la importancia de trabajar con activistas sociales y políticos de la diáspora para llegar a un público más amplio.

A raíz del informe, la huelga y la cobertura de los noticieros, el senado puertorriqueño fue presionado para ordenar una investigación oficial. Se desarrolló un programa de renovación, que era mejorar los contratos y los salarios. [11] Castillo, Barton y Asociados optó por “Dejar de importar niñas para tareas domésticas”. [12] Algunos estudiosos afirmaron que debido a su pequeño número, los primeros inmigrantes puertorriqueños no representaron ninguna amenaza económica para los trabajadores blancos y negros en Estados Unidos. El reclutamiento selectivo de mujeres puertorriqueñas cuenta una historia diferente. [13] Fue una migración laboral destinada a socavar los derechos de las trabajadoras y la organización laboral. La migración de 1946 fue en retrospectiva un evento significativo en la historia de la migración laboral puertorriqueña.

Revela no solo los intereses contrapuestos del gobierno y del capital corporativo, en la regulación del cuerpo de la mujer, sino también el papel de las acciones de las mujeres en interrumpir y alterar esos esquemas. Las puertorriqueñas forjaron un camino separado y distinto para asegurar su prosperidad económica a través de la migración y el trabajo. Mujeres trabajadoras domésticas y estudiantes de posgrado divididas por clase y estatus, descubrieron que el trabajo asalariado y los derechos de los trabajadores eran una causa común. Estos trabajadoras migrantes y estudiantes migrantes fueron las raíces de la comunidad puertorriqueña de Chicago.

REFERENCIAS

1. Carmen Isales, “Report on Cases of Puerto Rican Laborers Brought to Chicago to Work as Domestics and Foundry Workers Under Contract with Castle, Barton and Associates, Inc.” (Confidential), March 22, 1947 (Section IV, series 2, sub-series 9B, folder 277, Fundación Luis Muñoz Marín). Tea times at the YWCA became a common social activity for Puerto Rican domestic workers in other US urban centers as well. Historian Carmen Whalen documents said tea times in Philadelphia as a time and space where Puerto Rican women exchanged information and formed relationships. See Carmen Teresa Whalen, From Puerto Rico to Philadelphia: Puerto Rican Workers and Postwar Economies (Philadelphia: Temple University Press, 2001).

2. The domestic workers had 15-hour work days. Their wages were lower wages than their US counterparts. Employers disregarded their day-off, and they could be transferred to another home without their consent. See Elena Padilla, “Puerto Rican Immigrants in New York and Chicago: A Study in Comparative Assimilation” (master’s thesis, Anthropology, University of Chicago, 1947), 84-86; Edwin Maldonado, “Contract Labor and the Origins of Puerto Rican Communities in the United States,” International Migration Review 13, no. 1 (1979): 103–121; Maura I. Toro-Morn, “Género, trabajo y migración: las empleadas domésticas puertorriqueñas en Chicago,” Revista de Ciencias Sociales 7 (1999): 102–125.

3. The University of Puerto Rico was to play a central role in preparing islanders for Puerto Rican Senate president Luis Muñoz Marín’s plan to modernize Puerto Rico’s political and economic status.

4. Padilla, “Puerto Rican Immigrants in New York and Chicago.”

5. Judith Friedenberg, ed. The Anthropology of Lower Income Urban Enclaves: The Case of East Harlem (New York: New York Academy of Sciences, 1995); Gina M. Pérez, ed. Centro: Journal of the Center for Puerto Rican Studies 13, no. 2 (2001); Mérida M. Rúa, ed., Latino Urban Ethnography and the Work of Elena Padilla (Urbana: University of Illinois Press, 2011), see chapter by Ana Y. Ramos Zayas, “Gendering ‘Latino Public Intellectuals’ Personal Narratives in the Ethnography of Elena Padilla.”

6. Letter from Elena Padilla to Jesús Colón, October 3, 1946 (Box 3, Folder 5, Jesús Colón Papers, Archives of the Puerto Rican Diaspora, Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, CUNY).

7. Letter from Muna Muñoz Lee to Luis Muñoz Marín, nd (circa January–February 1947) (Section IV, Series 3, Folder 397a Fundación Luis Muñoz Marín).

8. “Puerto Ricans Charge Exploitation in US,” Chicago Defender, November 30, 1946, 7; “Plight of Puerto Ricans Starts Dispute, ‘Deplorable Conditions’ Denied by Employers,” Chicago Daily Tribune, December 11, 1946, 30.

9. Letter from Elena Padilla to Jesús Colón, December 9, 1946 (Box 3 Folder 5, Jesús Colón Papers, Archives of the Puerto Rican Diaspora, Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, CUNY); letter from Muna Muñoz Lee to Luis Muñoz Marín, December 9, 1947 (Section IV, Series 2, Sub-series 9B, Folder 277, Fundación Luis Muñoz Marín).

10. Letter from Elena Padilla to Jesús Colón, December 9, 1946 (Box 3 Folder 5, Jesús Colón Papers, Archives of the Puerto Rican Diaspora, Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, CUNY).

11. “Maid Problem,” The New Republic, April 28, 1947, 7.

12. “Agency to Stop Importing Girls for Housework,” Chicago Daily Tribune, May 17, 1947, 12.

13. See Felix Padilla, Latino Ethnic Consciousness: The Case of Mexican Americans and Puerto Ricans in Chicago (Indiana: University of Notre Dame Press, 1985), 116.

El director ejecutivo del Centro Cultural Puertorriqueño, José López, habla sobre la relación entre el arte y la liberación.

Me llamo José López y soy el Director Ejecutivo del Centro Cultural Puertorriqueño. El arte es una abstracción del mundo en que vivimos, el mundo que nos informa. Estas imágenes en particular hablan de esto, de la interrelación entre la cultura, la creatividad y la resistencia y la libertad, la búsqueda de la libertad a la luz de la lucha para liberar a los presos políticos puertorriqueños que fueron encarcelados por sus actividades en nombre de la independencia de Puerto Rico. El papel del arte en la lucha por la libertad de los presos políticos puertorriqueños se remonta a aquellas primeras expresiones de nuestros antepasados, creando literalmente en el fragor de la lucha, creando lo que somos como pueblo. Para mí, la identidad puertorriqueña se forja al calor de la lucha contra el colonialismo, contra la esclavitud de los indígenas, contra la apropiación de nuestra tierra. Es en ese proceso donde creo que debemos entender cómo se utiliza también el arte. Y aquí podríamos hablar de todas las formas de arte, incluyendo la interpretación musical en este caso, en la lucha para liberar a los presos políticos puertorriqueños.

Desde el principio, cuando hicimos un piquete frente a la estación de policía de Evanston o frente al Centro Correccional Metropolitano o frente a muchísimas prisiones a lo largo de los Estados Unidos, siempre habrá un acto de expresión cultural. Ya fueran recitales de poesía, ya fuera música o hermosos carteles. Todo era una expresión de nuestra capacidad de crear, pero también de nuestra capacidad para exigir la libertad de nuestros presos políticos. Creo que esta idea de arte, cultura y liberación está muy entrelazada porque habla de todo lo que nos hace humanos, nuestras pasiones, nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestra alegría, nuestro todo.

Jessie Fuentes, concejal del distrito 26, habla sobre la campaña para liberar a los presos políticos.

Hola, soy Jessie Fuentes, nacida y criada en Humboldt Park. Soy joven activista cubana puertorriqueña, defensora de la política educativa, y ahora concejal del Distrito 26, elegida el 15 de mayo del presente año, 2023. Grabo esto 85 días después de mi mandato.

Recuerdo que tenía 17 años, entré en la escuela secundaria alternativa Dr. Pedro Albizu Campos, Escuela Secundaria Puertorriqueña ubicada en la calle Division, en el corazón del pueblo de Puerto Rico, Humboldt Park. Fue una escuela que Óscar López Rivera y Carlos Alberto Torres y muchos de los ex presos políticos fundaron Recuerdo estar sentada en estudios puertorriqueños y aprender sobre el colonialismo.

Soy puertorriqueña, nacida y criada en Puerto Rico, pero nunca entendí lo que significaba ser una propiedad colonial de Estados Unidos y el impacto colonial en generaciones de los puertorriqueños en este país. Y recuerdo estar sentada en esta clase, y esa conversación por primera vez me permitió entender quién era yo. Las condiciones y la dinámica de mi familia. Por qué el abuso de sustancias era tan frecuente. Qué significaba pertenecer a una familia que estaba viviendo un momento histórico y trauma generacional.

Recuerdo ser una persona joven en la escuela secundaria, recogiendo de firmas para peticiones para enviar al presidente Obama en ese momento, y también para enviar a la junta de libertad condicional. Creíamos que gente como Carlos Alberto Torres y Óscar López Rivera habían cumplido su tiempo.

Estaban encarcelados bajo un cargo llamado conspiración sediciosa. En términos sencillos, es un delito de asalto para derrocar al gobierno de Estados Unidos. Y al pensar en el movimiento independentista, y el trabajo de gente como Carlos Alberto Torres y Óscar López Rivera, estaban involucrados en el movimiento de independencia para quitarle a Puerto Rico una propiedad colonial de Estados Unidos.

Y al pensar en un movimiento así, piensas en el miedo que eso significa a un orden mayor, el status quo de lo que significaría continuar utilizando a Puerto Rico como propiedad colonial. Se trataba de crear conciencia sobre lo que significaba ser un preso político, lo que significaba estar encarcelado bajo un delito como la sedición. Más importante, lo que significaba ser un independentista y crear conciencia en torno a los impactos del colonialismo, no solo en Puerto Rico, no solo de los puertorriqueños, sino de toda la diáspora.

Y creo que eso fue una conversación que mucha gente no estaba preparada para tener. Logramos llevar a Carlos Alberto a casa. Yo tuve el gran privilegio de viajar en la furgoneta para recogerlo. Recuerdo que en ese entonces yo tenía 20 años, aún era joven, seguía aprendiendo, y organizando, y entendiendo realmente lo que significaba ser parte de algo tan grande.

La campaña se había vuelto más grande que liberar a los presos políticos. Pasó a ser que nos autodetermináramos. Estábamos luchando contra el colonialismo, y luchando por lo que merece Puerto Rico. Y esa es la autodeterminación de su pueblo y su patria. Y así trabajamos estratégicamente hasta llegar a la administración Obama. Y Obama le brindó esa clemencia a Óscar, después de su segundo mandato.

Y recuerdo recibir la noticia . . . José López, su hermano, es un gran mentor mío. Y recuerdo haber pensado “Me pregunto cómo se sentirá ser José y finalmente poder tener a su hermano en casa, y abrazarlo, y caminarlo por la comunidad que comenzó a construir antes de ser encarcelado, para ver los frutos de ese trabajo”. Recuerdo darle la bienvenida a Óscar a la calle Division. Había miles de personas en la calle Division.

Su liberación por primera vez había dado a la diáspora puertorriqueña no solo en Chicago — es decir, puertorriqueños de Nueva York, Florida, Ohio, Pensilvania, California. Puerto Rico voló a Chicago para ver a Óscar. Y recuerdo a miles de personas que fueron a Paseo Boricua y me sentí como si estuviéramos recibiendo a nuestro propio Nelson Mandela.

Y esa fue una victoria que nadie más puede reclamar. La libertad de Carlos Alberto, la libertad de Óscar, las excelentes relaciones con personas como Edwin Cortez, y Ricardo Jiménez es lo que me convirtió en la organizadora que soy hoy.

El profesor de Sociología de la Universidad de California en Berkeley Michael Rodríguez-Muñiz habla sobre la campaña No Se Vende, que él ayudó a establecer.

Me llamo Michael Rodriguez Muñiz. Soy profesor de sociología en la Universidad de California Berkeley. Nací y crecí en Chicago. Y a mediados de la década de 2000 ayudé a lanzar la campaña Humboldt Park No Se Vende.

Pueden ver el logotipo de la campaña en la portada del número de noviembre de 2007 de Que Ondee Sola. Que Ondee Sola es una revista estudiantil puertorriqueña y latina publicada en la Northeastern Illinois University. Fue creada por la Unión de Estudiantes Puertorriqueños en 1972. Hoy, Que Ondee Sola, 50 años después, puede presumir de ser la publicación estudiantil puertorriqueña y latina más antigua del país.

Ahora, creo que es importante reflexionar sobre el significado de la frase Que Ondee Sola. Traducida al español, significa Que Ondee Sola. Se refiere a la bandera de Puerto Rico. Durante muchos años, el gobierno colonial estadounidense en Puerto Rico prohibió ondear la bandera puertorriqueña, símbolo de la resistencia anticolonial contra el colonialismo español y estadounidense. Incluso hoy es ilegal enarbolar la bandera de Puerto Rico en cualquier cargo gubernamental oficial sin una bandera estadounidense al lado.

Los jóvenes activistas que crearon Que Ondee Sola dejaron claro con este título su apoyo a la independencia de Puerto Rico y la autodeterminación, un legado que continúa hasta el presente. También vale la pena recordar que los fundadores de Que Ondee Sola formaban parte de la generación posterior a los disturbios de Division Street de 1966 que alcanzó la mayoría de edad al calor de las campañas por los derechos civiles y movimientos de liberación nacional en todo el mundo, incluido Puerto Rico.

Mirar el número de noviembre de 2007 de Que Ondee Sola inunda mi mente con muchos recuerdos. Una serie de recuerdos son los de la época que fui editor de la revista de 1999 a 2003. El segundo grupo de recuerdos son los de la propia campaña “No se vende” de Humboldt Park y todos los que participaron en ella.

Les invito a pensar en Humboldt Park No Se Vende como una rama de un gran árbol de resistencia a la gentrificación en Humboldt Park, en West Town, durante mucho tiempo el epicentro del Chicago puertorriqueño.

Forma parte de un gran bosque, las raíces del árbol donde el Centro Cultural Puertorriqueño, y más céntrico, su proyecto de organización juvenil Café Teatro Batey Urbano. También contó con el apoyo y participación de miembros de la Red Nacional Boricua de Derechos Humanos, estudiantes de la Escuela Secundaria Puertorriqueña Pedro Albizu Campos, personal y profesores, así como de otras organizaciones y proyectos comunitarios. La primera rama fue el Proyecto de Democracia Participativa que se creó en 2003. Inspirado en los zapatistas y otros movimientos latinoamericanos, el objetivo del proyecto era integrar a los miembros de la comunidad en la lucha contra la gentrificación.

Esto condujo posteriormente a la creación del periódico La Voz del Paseo Boricua en 2004. La Voz, que sigue publicándose mensualmente como la rama de comunicación de la lucha.

Ese mismo año, en 2004, lanzamos un precursor de Humboldt Park No Se Vende. La campaña se llamaba Regresa al Barrio y pedía a los puertorriqueños que regresaran a Humboldt Park. Esta campaña, efímera pero emocionalmente potente surgió en el desfile del Día del Pueblo Puertorriqueño de ese mes de junio.

Al año siguiente, a partir de 2005 lanzamos la campaña Humboldt Park No Se Vende, como un esfuerzo más agresivo para reclamar el espacio y amplificar la lucha contra la gentrificación. Un proyecto mural que vinculaba nuestras luchas en Chicago con las luchas en Puerto Rico, concretamente Santurce No Se Vende, fue una de las influencias del nombre de la campaña.

Recurrimos a un estudiante universitario local para que diseñara, el logotipo que aparece en la portada de Que Ondee Sola. En él aparecen las icónicas banderas del Paseo Boricua que marcaban la calle Division entre Artesian Avenue y Mozart Street, a la entrada de Humboldt Park. Esas banderas, recordemos, se erigieron en 1995 como parte de una lucha más amplia para preservar la comunidad. En el logotipo también se puede ver una masa de puertorriqueños ondeando banderas, una imagen a la que dimos vida en otoño de 2007 cuando organizamos alrededor de 500 para marchar por las calles de la comunidad en defensa de nuestro futuro en Humboldt Park.

Junto a estas acciones, nosotros como colectivo construimos instalaciones artísticas que dramatizaban el desplazamiento, organizamos la feria de la vivienda, defendimos la vivienda asequible, ayudamos a los residentes desplazados a encontrar nuevos hogares, organizamos actos públicos y culturales para concienciar, produjimos videos, escribimos poesía y rap, y nos unimos a los esfuerzos para proteger los murales de la comunidad.

En el proceso construimos comunidad a través de estos esfuerzos y cuestionamos la idea de que la gentrificación es un proceso natural e inevitable. Afirmamos, por el contrario que la gentrificación es un proceso político, profundamente racializado y colonial. Y afirmamos desafiante y decididamente el derecho de los puertorriqueños y otros residentes de larga data a un hogar y a la esperanza en Humboldt Park.

Aunque Humboldt Park No Se Vende ya no está activo, marcó un momento crucial en la lucha contra la gentrificación. Es un momento importante en la larga y rica historia política de nuestra comunidad. ¡Humboldt Park No Se Vende!

Billy Ocasio, Presidente y Director Ejecutivo del Museo Nacional de Arte y Cultura Puertorriqueños, habla sobre la estatua de Pedro Albziu Campos y la historia del Paseo Boricua.

Me llamo Billy Ocasio. Soy el director del Museo Nacional de Arte y Cultura de Puerto Rico. De hecho, antes de pasar 20 años en el gobierno, 16 como concejal para la ciudad de Chicago representando a Humboldt Park cuatro años como consejero líder para el gobernador, ahora soy un político recuperado.

Déjame empezar hablando de los orígenes de lo que diríamos que es Paseo Boricua y cómo empezó. Me volví el concejal. Me citó el alcalde Daley en enero de 1993. En ese momento, la comunidad ya había recaudado el dinero para hacerle una estatua al Dr. Pedro Albizu Campos. La razón por la que erigimos esa estatua fue porque habíamos sido Humboldt Park tras desplazarnos del Parque Lincoln y el Parque Wicker, así que decidimos que debíamos tener algo de identidad en el propio parque. El Dr. Pedro Albizu Campos, que es uno de los líderes que consideramos nuestro líder puertorriqueño nacionalista, fue la persona a la que todos decidimos tras hablar con el ayuntamiento para hacer la estatua. Dijeron: “Sí, claro, adelante”. Recaudamos el dinero, erigimos la estatua y, dos días antes de que la estatua fuese erigida en Humboldt Park, llegaron a una decisión y dijeron: “Oh, ustedes no pueden hacer la estatua y es porque los materiales que usaron no resistirán los inviernos de Chicago”. La comunidad se reunió, hicimos la segunda estatua y, dos semanas antes de que erigieramos la estatua, volvieron y dijeron: “Lo sentimos, no pueden erigir la estatua”. Y esta vez no nos dijeron porqué. Básicamente, dijeron que había gente que se oponía a ella, por lo que la estatua no podía erigirse. Dijimos: “Pero si somos la mayoría que vivimos en Humboldt Park y esto es lo que pedimos”.

La comunidad fue a todas las reuniones de directorio distritales de parques en las que se oponían a la estatua. Y, si conoces a la comunidad puertorriqueña, no solo llevamos a gente. Llevamos nuestros tambores, llevamos nuestra música. Nos llevamos todo, nuestras banderas y básicamente estábamos allí diciendo: “No, queremos esto en el parque”. No nos dejaban erigir la estatua. Ya venían las elecciones, las de alcaldía y automáticas. Recuerdo cuando un funcionario de la alcaldía se me acercó y me dijo: “Debemos solucionar esto. Debemos arreglar esto antes de las elecciones”, las elecciones básicamente fueron en febrero de 1995. El problema de la estatua surgió en mayo de 1993, así que pasamos todo ese tiempo debatiendo esto y argumentando y luchando e intentando erigir la estatua. Me ofrecieron en ese momento más de una docena de trabajos y algo de dinero para mi elección y básicamente dije que no, que lo único que necesitaba era la estatua. Que si querían volver a unir a nuestra comunidad, lo que necesitábamos era la estatua. La solución a largo plazo que hicimos en Paseo Boricua, Division Street, lo que llamamos La Casa don Pedro. La estatua estaba ahí, pero las elecciones se acercaban y querían resolver el problema.

Tras reunirnos con la agenda puertorriqueña y mis consejeros, creé esta idea de que quería crear un portón puertorriqueño. Y creamos dos estructuras fantásticas que miden 17 metros de alto. Pesan más de 40 toneladas y cruzan la calle. Fue una forma de crear algo que le diera a nuestra comunidad puertorriqueña una sensación de orgullo, además de ayudar a desarrollar esa comunidad. Cuando la ves, la calle era, el 83 % de las tiendas en Division Street estaban vacías en ese momento. Cinco años después de poner estas banderas, el 76 % de las tiendas estaban llenas y eran de puertorriqueños. La estatua inspiró a que sucedieran muchas cosas. De ahí, hicimos una cumbre que creó un plan de 10 años que incluía vivienda. Y, si ves La Division Street ahora, verás que están los Apartamentos Paseo Boricua, está La Estancia, está el nuevo edificio Artist Residency, todo eso llegó por esa estatua.

In English

Professor of Latino Studies at DePaul University Marisa Alicea speaks on bilingual education in Chicago.

My name is Marisa Alicea, I grew up in Chicago in the West Town neighborhood in what is now known by its gentrified names of Wicker Park and Bucktown. I have been a professor of Sociology at DePaul University for over thirty years, where I helped relaunch the Center for Latino Research.

Growing up, I attended one of the first bilingual programs in Chicago, and this is my 7th grade class picture. I’m the one with the light blue blouse in the center of the photograph. To the far left of me dressed in black and white is Ms. Velázquez, my 7th and 8th grade teacher. To the far right is Ms. Flores, the director of the bilingual education program. Bilingual education programs, like the one I attended, were a result of community activists, like Maria Cerda, Mirta Ramirez, and Carmen Valentin, advocating and fighting for these and other education programs and which ultimately culminated in the passage of the Bilingual Education Act of 1968 and the founding of the Chicago Chapter of Aspira. [1]

These were a direct response to the ways the education system in Chicago was failing the Puerto Rican community. As just one example, a 1971 study by Isidro Lucas found that 70 percent of Puerto Rican youth were not graduating high school.

I remember the day I transferred from a monolingual classroom to a bilingual one at Peabody elementary school. It was 1971, I was 10 years old and in 5th grade.

About the third day of the new school year, those of us whose parents had consented to our transferring to the bilingual education program were escorted to our new classroom by one of the school administrators. As a group we walked up a long flight of stairs to the third floor of our school building where the program was housed. As I climbed the stairs and the closer I got to the top, I heard a teacher speaking Spanish and not only was she speaking Spanish, but she was speaking it with a Puerto Rican accent. In an instant, the sound of her voice shattered a separation I was not consciously aware existed between my home and school life. Home was where I spoke Spanish and was a nurturing environment and school was where I spoke English and where often my classmates and I were treated harshly.

When our teacher came to the classroom door to greet us, it was clear to me from the way she spoke Spanish and from her physical features that she was Puerto Rican. Until that moment, I had thought that Puerto Ricans could only be janitors, factory workers, and babysitters since these were the only jobs people in our community held.

The bilingual program was an intimate learning environment I had never before experienced in my prior 5 years of schooling. In the segregated environment of my bilingual classroom, we had largely Puerto Rican teachers, who, similar to the African American teachers of the segregated schools of the South, brought an ethic of care to their work. Our teachers nurtured our intellectual growth, and as bell hooks writes, taught us that “our devotion to learning, to a life of the mind, was a counter-hegemonic act, a fundamental way to resist” gender, race, and class oppression. [2] It was in these classrooms that I became politicized. Here I learned about the nature of racism and about the struggles of Puerto Ricans and began to define myself and develop an identity rooted in the history and struggles of our community. Recruited from Puerto Rico to come and teach in the bilingual education programs across the city, my teachers also taught us to think beyond the limits set by racist, classist, and sexist standards. I was encouraged to not only finish high school but also to go onto college. We witnessed their leadership not only when they organized major initiatives at the school, but also when they fought at Parent Teacher Association meetings to ensure that our parents had a voice and that our needs would be considered. In retrospect, it was also in these bilingual classrooms that I learned that education was not only a place where I acquired specific skills and existing information and knowledge, it was also where I learned that students should be viewed as “subjects acting in and on the world, not as passive recipients of information.” [3]

I learned so much more than Spanish in my four years in the bilingual education program thanks to my teachers. It is because of them that today, I am an educator myself.

REFERENCES

1. Karen Sakash, “Bilingual education,” in The Electronic Encyclopedia of Chicago, Chicago Historical Society, 2005, encyclopedia.chicagohistory.org/pages/137.html.

2. bell hooks, Teaching to transgress: Education as the practice of freedom (New York: Routledge, 1994), 2.

3. hooks, Teaching to transgress.

Poet, author, gallerist, and owner of Paseo Boricua Tour Company Eduardo Arocho speaks on the efforts to save and restore the mural La Crucifixión de Don Pedro.

My name is Eduardo Arocho. I was born and raised in Humboldt Park, Chicago. I’m a poet, a gallerist, tour guide, and owner of Paseo Boricua Tour Company.

The article before you was published in June of 2007 in La Voz del Paseo Boricua. This issue featured an interview I did with artist Mario Galàn. In 1971, Galàn, along with other members of the Puerto Rican Artist Association, painted the iconic mural, La Crucifixión de Don Pedro. This mural is in Humboldt Park, and it is the oldest exterior Puerto Rican mural in the United States.

It is hard to miss. It is two stories high and commemorates the life of Pedro Albizu Campos, a leading 20th-century figure in Puerto Rico’s fight for independence from the United States. Against the backdrop of Puerto Rico’s first flag, the Grito de Lares flag, the mural depicts the crucifixion of Albizu Campos by Luis Muñoz Marín, the first elected governor of Puerto Rico and founder of the Estado Libre Asociado, or Free Associated States, Puerto Rico’s current and controversial political status.

This status effectively redefined colonial relations between the archipelago and the United States. In the mural, Puerto Rican nationalist Lolita Lebròn and Rafael Cancel Miranda are also being crucified while several other Puerto Rican revolutionaries from the abolitionist movements watch from above. In its 50-plus years, the mural has represented many things to many people. I myself have seen it throughout my entire life. I was always curious about it because I thought Don Pedro was Jesus, and I always wondered why Jesus wore a tuxedo and a bow tie.

Today, Albizu Campos is a celebrated and prominent figure in the community with a statue, street, school, and new building named after him. However, when the Puerto Rican Artists Association painted La Crucifixión de Don Pedro, it was seen as a very radical and controversial act to portray Muñoz Marín about to stab Albizu Campos. But there is another important story, which is the story of the lot that is right next to the mural.

Writer and activist José López speaks about the 1966 and 1977 rebellions.

My name is José E. López, and I am the Executive Director of the Puerto Rican Cultural Center. The first thing that I must say is that they’re labeled in the regular newspapers as riots. The Division Street Riot of 1966, the Humboldt Park Riot of 1977. They were not riots, they were rebellions against a systemic process of exclusion and marginalization that the Puerto Ricans face in Chicago. In 1966, a young Puerto Rican man on the corner of Division and Damen was shot unprovoked, and literally the people grab him, carry him to the hospital, bleeding and the outrage of the people was so that police cars began to be turned, and it turned into a very dramatic, violent event. But it had to be dramatic because it spoke not to a riot, but to a rebellion against those socioeconomic processes that marginalized and contain the Puerto Rican people in the city of Chicago.

So we could speak about the 1966 and the shooting of Aracelis Cruz, and we can speak to 1977 and the rebellion of ’77 that saw two young Puerto Ricans, Julio Osorio, and Rafael Cruz murder cold-blooded by a police sergeant. A man who was actually teaching in the police academy was actually practicing, I believe, what he was teaching, which was the attacks on youth of color, something that we have seen across the country to this day. So those two events to me, are the collective expressions of resistance of a people who were no longer willing to take that kind of treatment of exclusion from all the institutions. We could speak about every institution in Chicago, whether it’s the police, whether it was the healthcare system, whether it was the housing, whether it was employment. Talk about any social ill, and I will show you how Puerto Ricans were excluded from any possibilities of any way of self-actualizing themselves. So for me, the idea of these riots have to be placed in the historical context of rebellions against a system.

The Puerto Rican migration is a migration that’s informed by changing place and space, but not changing condition. In other words, we move from an external colonial reality to an internal colonial reality. And what I mean by internal colonialism is the systematic kind of racism that informs this country that obviously should reflect in the treatment of African Americans, Native Americans, Chicanos, and all people of color. Puerto Ricans came here literally to become internal colonial subjects. And so to me, that rebellion was against this continuous system that Puerto Ricans have lived for 500 years first under Spain, and now 125 years ago, on July 25th, 1898, the United States invaded Puerto Rico and ultimately it undid the whole Puerto Rican nation. More importantly, it tried to take Puerto Ricans out of their historical context because that’s what colonialism does everywhere. Colonialist practices are always about taking people out of history.

Decolonizing means placing yourself back into history. This is what Amílcar Cabral, the great thinker of Guinea-Bissau in West Africa once said, “The colonialists tell us we have no history. They lie. They took us out of history and we mean to place ourselves back into history.” So I think the idea of a rebellion is to place yourself back into history. And so for me, those two events speak to that idea of self-determination, self-actualization and self-reliance.

Mérida M. Rúa, professor in the Latina and Latino Studies Program and Director of Undergraduate Studies at Northwestern University, speaks about activism in the 1940s between domestic workers, university students, and social workers.

Mérida M. Rúa, faculty member in the Latina and Latino Studies Program at Northwestern University and author of A Grounded Identidad: Making New Lives in Chicago’s Puerto Rican Neighborhoods. In that book, I tell the story of more than 350 Puerto Rican recruited laborers who arrived in the Windy City in the fall of 1946. Most were single women who came to work as domestics. Some 70 men were also recruited for the Chicago Hardware Foundry Company in North Chicago and another 80 for Inland Steel Company in East Chicago. Castle, Barton and Associates, a Chicago employment agency, contracted them. The new arrivals were bussed from Midway Airport to the Lincoln Park Hotel on Chicago’s North Side, where they stayed until work placements were assigned. Within months, though, the women organized alongside university students in protest of miserable working and living conditions.

The YWCA of Puerto Rico asked the Chicago branch to “look out for the girls.” Thursday tea socials at the Y were organized to hasten the proper assimilation of the new arrivals. [1] Even though the women preferred café con leche, they went for conversation, to make friends, and to compare work conditions. While Puerto Rican women had migrated with hope of decent pay and an opportunity for social advancement, they got much, much less: Their wage was $60 a month, of which $10 was deducted for travel costs and another $8 and change withheld by Castle, Barton and Associates until the terms of the contract were met or they were fired. The women were left with about $10 per week, no guarantee of standard work hours, tasks, or a day off. [2] When domestic workers confronted their poor working conditions, they found allies among students at the University of Chicago.

As part of the island’s nation-building project, around this time, a parallel, if smaller, migration of young women and men was sponsored by the University of Puerto Rico to attend the University of Chicago. [3] They were to be future faculty at the University of Puerto Rico. Among them were Muna Muñoz Lee, daughter of Luis Muñoz Marín, who in 1946 was President of the Puerto Rican Senate. Later he would become the first elected Puerto Rican governor. Also at the university was Elena Padilla, an anthropology student who wrote of domestic workers in her 1947 master’s thesis, “Puerto Rican Immigrants in New York and Chicago: A Study in Comparative Assimilation.” [4] Padilla’s master’s thesis is the first scholarly work to illuminate the significance of Puerto Rican migration to the Midwest Metropolis. [5]

Having seen the “help available” posting advertising for the services of only “White” Puerto Rican workers as maids and kitchen help, the two graduate students rode from Hyde Park to Lincoln Park to speak with workers and learn about their situation. On October 3, Padilla typed the letter before you to Jesús Colón, a labor activist, communist, and public intellectual in New York City, about the precarious state of these Puerto Rican workers. She was deeply troubled that the Department of Labor of Puerto Rico had sanctioned the labor migration plan from the beginning. She vowed to do “something to abolish the importation of Puerto Ricans who head straight to their own demise as well as contribute to the poverty and hunger of other workers.” [6] One of the things she did with her peers was issue a report in English and Spanish. The “Preliminary Report on the Puerto Rican Contract Workers in the Chicago Area,” dated November 25, 1946, was distributed to the local press, to presses in New York (La Prensa) and in Puerto Rico (El Imparical), and to insular, state, and federal government officials. [7] It was sent to prominent individuals within and beyond Chicago, too, among them Jesús Colón in New York and Luis Muñoz Marín in San Juan. [8]

Three days later, on Thanksgiving Day, more than 50 domestic workers picketed the downtown offices of Castle, Barton and Associates, demanding “a day off, a raise, [and] less work hours.” [9] On the picket line were also University of Chicago graduate students. The Chicago Defender, the largest and most prominent African American weekly newspaper, covered the protest. The headline read: “Puerto Ricans Charge Exploitation in the US.” Muna Muñoz Lee is pictured second from the left in the Defender photo. Padilla wrote to Colón of the strike: “The maids refused to work or to speak English.” [10] In letters to her father, Muñoz Lee urged him as President of the Senate to take immediate measures to improve the conditions of Chicago’s labor migrants. Although only graduate students, Padilla and Muñoz Lee already had a network of contacts and relationships that carried clout. They understood the political world of Puerto Rico and the importance of working with social and political activists in the diaspora to reach a wider public.

In the aftermath of the report, the strike, and news coverage, the Puerto Rican Senate was pressured to order an official investigation. A revamped program was developed which was to improve contracts and wages. [11] Castle, Barton and Associates opted “to stop importing girls for housework.” [12] Some scholars since have claimed that, because of their small numbers, early Puerto Rican migrants represented no economic threat to black and white workers in the United States; the targeted recruitment of Puerto Rican women tells a different story. [13] It was a labor migration intended to undermine both workers’ rights and labor organizing. The migration of 1946 was, in retrospect, a significant event in the history of Puerto Rican labor migration.

It reveals not only the competing interests of government and corporate capital in regulating women’s bodies but also the role of women’s actions in interrupting and altering those schemes. Puerto Rican women forged a separate and distinct path to ensure their economic prosperity via migration and labor. Female domestic workers and graduate students divided by class and status discovered that wage labor and workers’ rights were a common cause. These migrant-workers and migrant-students were the roots of Chicago’s Puerto Rican community.

REFERENCES

1. Carmen Isales, “Report on Cases of Puerto Rican Laborers Brought to Chicago to Work as Domestics and Foundry Workers Under Contract with Castle, Barton and Associates, Inc.” (Confidential), March 22, 1947 (Section IV, series 2, sub-series 9B, folder 277, Fundación Luis Muñoz Marín). Tea times at the YWCA became a common social activity for Puerto Rican domestic workers in other US urban centers as well. Historian Carmen Whalen documents said tea times in Philadelphia as a time and space where Puerto Rican women exchanged information and formed relationships. See Carmen Teresa Whalen, From Puerto Rico to Philadelphia: Puerto Rican Workers and Postwar Economies (Philadelphia: Temple University Press, 2001).

2. The domestic workers had 15-hour work days. Their wages were lower wages than their US counterparts. Employers disregarded their day-off, and they could be transferred to another home without their consent. See Elena Padilla, “Puerto Rican Immigrants in New York and Chicago: A Study in Comparative Assimilation” (master’s thesis, Anthropology, University of Chicago, 1947), 84–86; Edwin Maldonado, “Contract Labor and the Origins of Puerto Rican Communities in the United States,” International Migration Review 13, no. 1 (1979): 103–121; Maura I. Toro-Morn, “Género, trabajo y migración: las empleadas domésticas puertorriqueñas en Chicago,” Revista de Ciencias Sociales 7 (1999): 102–125.

3. The University of Puerto Rico was to play a central role in preparing islanders for Puerto Rican Senate president Luis Muñoz Marín’s plan to modernize Puerto Rico’s political and economic status.

4. Padilla, “Puerto Rican Immigrants in New York and Chicago.”

5. Judith Friedenberg, ed., The Anthropology of Lower Income Urban Enclaves: The Case of East Harlem (New York: New York Academy of Sciences, 1995); Gina M. Pérez, ed., Centro: Journal of the Center for Puerto Rican Studies 13, no. 2 (2001); Mérida M. Rúa, ed., Latino Urban Ethnography and the Work of Elena Padilla (Urbana: University of Illinois Press, 2011), see chapter by Ana Y. Ramos Zayas, “Gendering ‘Latino Public Intellectuals’ Personal Narratives in the Ethnography of Elena Padilla.”

6. Letter from Elena Padilla to Jesús Colón, October 3, 1946 (Box 3, Folder 5, Jesús Colón Papers, Archives of the Puerto Rican Diaspora, Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, CUNY).

7. Letter from Muna Muñoz Lee to Luis Muñoz Marín, nd (circa January–February 1947) (Section IV, Series 3, Folder 397a Fundación Luis Muñoz Marín).

8. “Puerto Ricans Charge Exploitation in US,” Chicago Defender, November 30, 1946, 7; “Plight of Puerto Ricans Starts Dispute, ‘Deplorable Conditions’ Denied by Employers,” Chicago Daily Tribune, December 11, 1946, 30.

9. Letter from Elena Padilla to Jesús Colón, December 9, 1946 (Box 3 Folder 5, Jesús Colón Papers, Archives of the Puerto Rican Diaspora, Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, CUNY); letter from Muna Muñoz Lee to Luis Muñoz Marín, December 9, 1947 (Section IV, Series 2, Sub-series 9B, Folder 277, Fundación Luis Muñoz Marín).

10. Letter from Elena Padilla to Jesús Colón, December 9, 1946 (Box 3 Folder 5, Jesús Colón Papers, Archives of the Puerto Rican Diaspora, Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, CUNY).

11. “Maid Problem,” The New Republic, April 28, 1947, 7.

12. “Agency to Stop Importing Girls for Housework,” Chicago Daily Tribune, May 17, 1947, 12.

13. See Felix Padilla, Latino Ethnic Consciousness: The Case of Mexican Americans and Puerto Ricans in Chicago (Indiana: University of Notre Dame Press, 1985), 116.

Executive director of the Puerto Rican Cultural Center José López speaks on the relationship between art and liberation.

My name is José López, and I am the executive director of the Puerto Rican Cultural Center. Art is an abstraction of the world we live in, the world that informs us. These particular images really speak to that, the interrelationship between culture, creativity, and resistance and freedom, and the quest for freedom, in the light of the struggle to free the Puerto Rican political prisoners who were jailed for their activities on behalf of the independence of Puerto Rico. The role of art in the struggle to free the Puerto Rican political prisoners goes back to those early expressions by our forebearers of creating literally in the heat of struggle, creating who we are as a people. For me, the Puerto Rican identity is forged in the heat of struggle against colonialism, against the enslavement of the indigenous people, against the takeover of our land. It’s in that process that I think we have to understand how art also is used, and we could speak every form of art, including music performance, in this case, in the struggle, to free the Puerto Rican political prisoners.

So for the very beginning when we had a picket in front of the Evanston Police station, or in front of the Metropolitan Correctional Center, or in front of a host of prisons across the United States, there will always be an act of cultural expression. Whether it was poetry readings, whether it was music, beautiful posters, everything was an expression of our ability to create, but also our ability to demand the freedom of our political prisoners. I think this idea of art and culture and liberation is so intertwined because it speaks to everything that makes us human, our passions, our pain, our suffering, our joy, our everything.

Alderperson of the 26th Ward Jessie Fuentes speaks on the campaign to free the political prisoners.

Hello, I am Jessie Fuentes, born and raised in Humboldt Park. A young Puerto Rican Cuban activist educator, policy advocate, and now 26th ward, alderperson, elected May 15 of this year, 2023. I’m recording this 85 days into my tenure.

I remember I was 17 years old. I walked into a small alternative high school called Dr Pedro Albizu Campos Puerto Rican High School, located on Division Street in the heart of Puerto Rico town, Humboldt Park. It was a school that actually Oscar López Rivera, Carlos Alberto Torres and many of the former political prisoners founded. And I remember sitting in the Puerto Rican studies class and learning about colonialism.

I’m a Puerto Rican, born and raised Puerto Rican, but never understood what it meant to be a colonial property of the United States and the colonial impact on generations of Puerto Ricans in this country. And I remember sitting in this class and that conversation for the first time, allowed me to make sense of who I was, the conditions and the dynamics of my family. Why substance abuse was so prevalent, what it meant to belong to a family that was experiencing historical and generational trauma.

I remember being a young person in high school, collecting signatures for petitions to send to President Obama at the time, but to also send to the parole board that we believe that people like Carlos Alberto Torres and Oscar López Rivera had served their time.

They were incarcerated under a charge called seditious conspiracy. In layman’s terms, it’s assault crime, assault crime to overthrow the US government. And when you think about the independence movement and the work of people like Carlos Alberto Torres and Oscar López Rivera, they were involved in the independence movement to remove Puerto Rico as a colonial property of the United States.

And when you think about such a movement, you think about the fear that that means to a greater order, the status quo of what it would mean to continue to utilize Puerto Rico as a colonial property. It was about raising consciousness, really, about what it meant to be a political prisoner, what it meant to be incarcerated under a crime such as sedition. But more importantly, what it meant to be an independentista and really raising awareness around the impacts of colonialism, not just on Puerto Rico, not just on Puerto Ricans, but on the entire diaspora.

And I think that that was a conversation that many folks weren’t prepared to have. And so, we were successful in getting Carlos Alberto home, and I was privileged enough to ride in the van to pick him up. And I remember at that time I was 20. And I was still young and still learning, and still organizing and really understanding what it meant to be a part of something so large.

The campaign had become bigger than releasing the political prisoners. It had become about us becoming self-determined. It had become about us fighting colonialism and fighting for what Puerto Rico deserves. And that is the self-determination of its people and its homeland. And so we worked strategically to get to the Obama administration. And Obama had provided that clemency to Oscar in his lame duck period after his second term.

And I remember getting the news, José López’s brother, is a great mentor of mine. And I remember thinking, “I wonder what it would feel like to be José to finally be able to have your brother come home. And hug him and walk him down the community that he began to build before being incarcerated, to see the fruits of that labor.” And I remember welcoming Oscar to Division Street. There were thousands of people on Division Street.

His release for the first time had given the Puerto Rican diaspora, not just in Chicago, I mean Puerto Ricans from New York, Florida, Ohio, Pennsylvania, California. Puerto Rico flew to Chicago to see Oscar. And I remember thousands of people coming to Puerto Rico. And it felt like we had just welcomed home our own Nelson Mandela.

And that was a victory that no one else can claim. I mean, the freedom of Carlos Alberto, the freedom of Oscar, having great relationships with people like Edwin Cortez, and Ricardo Jimenez is what made me the organizer I am today.

Professor of Sociology at the University of California, Berkeley Michael Rodríguez-Muñiz speaks on the No Se Vende campaign, which he helped found.

My name is Michael Rodríguez-Muñiz. I am a professor of sociology at the University of California Berkeley. I was born and raised in Chicago, and in the mid-2000s, I helped launch the Humboldt Park No Se Vende campaign.

You can see the logo of the campaign on the cover of the November 2007 issue of Que Ondee Sola (let it wave alone). Que Ondee Sola is a Puerto Rican/Latinx student magazine published at Northeastern Illinois University. It was established by the Union for Puerto Rican Students way back in 1972. Today, Que Ondee Sola, 50 years later, can boast being the longest running Puerto Rican and Latino student publication in the country.

Now, I think it’s important to reflect on the meaning of the phrase Que Ondee Sola. Translated into English, it means, “May it wave alone.” It is referring to the Puerto Rican flag. For many years, the US colonial government in Puerto Rico banned the flying of the Puerto Rican flag—a symbol of anti-colonial resistance against Spanish and then later US colonialism. Even today, it is illegal to fly Puerto Rican flag in any official, governmental capacity without having a US flag next to it.

The young activists that created Que Ondee Sola made clear with this title their support for Puerto Rican independence and self-determination—a legacy the continues up to the present. It also worth remembering that the founders of Que Ondee Sola were part of the post-1966 Division Street riots generation that came of age in the heat of the civil rights campaigns and national liberation movements the world over—including in — Puerto Rico included.

Looking at the November 2007 issue of Que Ondee Sola floods my mind with many memories. One set of memories are those from time I served as editor of the magazine from 1999–2003. The second set of memories are about the Humboldt Park No Se Vende campaign itself, and all the compañeras, compañeros, and compañeres that took part in it.

I invite you to think of Humboldt Park No Se Vende as one branch of large tree of resistance to gentrification in Humboldt Park/West Town—long the epicenter of Puerto Rican Chicago.

Itself part of a larger forest, the tree’s roots were the Puerto Rican Cultural Center, and most centrally, its youth organizing project, Cafe Teatro Batey Urbano. It also counted on the support and participation of members of the National Boricua Human Rights Network, Pedro Albizu Campos Puerto Rican High School students, staff, and teachers, as well as other community organizations and projects.

The first branch was the Humboldt Park Park Participatory Democracy Project, which was established in 2003. Inspired by the Zapatistas and other Latin American movements, the purpose of the project was to integrate community members into the struggle against gentrification.

This led next to the creation of the La Voz del Paseo Boricua newspaper in 2004. Still publishing monthly, La Voz was developed as the struggle’s communication’s branch.

That same year, in 2004, we launched the precursor to Humboldt Park No Se Vende. The campaign was called “Regresa al Barrio” and it called on Puerto Ricans to return to Humboldt Park. This short-lived but emotionally potent campaign first surfaced at the Puerto Rican People’s Day Parade in June.

The following year, in 2005, we launched Humboldt Park No Se Vende campaign, as a more aggressive effort to claim space and amplify the anti-gentrification struggle. A mural project that linked our struggles in Chicago to struggles in Puerto Rico, specifically the Santurce No Se Vende, was one of the influences behind the campaign’s name.

We enlisted a local college student to design—with our input—the logo that appears on the cover of Que Ondee Sola. It features the iconic Paseo Boricua flags that mark Division Street between Artesian Avenue and Mozart Street, at the entrance of Humboldt Park. Those flags were erected in 1995 as part of larger struggle to preserve the community. On the logo you can also see a mass of flag waving Puerto Ricans. An image we brought to life in Fall of 2007, when we organized about around 500 to march through the streets of the community in defense of our future in Humboldt Park.

Along with such actions, we—as a collective—built artistic installations that dramatized displacement, organized a housing fair, advocated for affordable housing, helped displaced residents find new homes, organized public and cultural events to raise awareness, produced videos, wrote poetry and raps, and joined efforts to protect community murals.

In the process, we built community through these efforts and challenged the idea that gentrification is a natural and inevitable struggle. We charged, to the contrary, the gentrification is a political process—and a deeply racialized and colonial one. And we affirmed, defiantly and decidedly, the right of Puerto Ricans and other longtime residents to home and hope in Humboldt Park.

Although Humboldt Park No Se Vende campaign is no longer active, it marked a pivotal moment in the ongoing struggle against gentrification. It is an important moment in our community’s long and rich political history. ¡Humboldt Park No Se Vende!

Billy Ocasio, President and Chief Executive Officer of the National Museum of Puerto Rican Arts and Culture, speaks on the Pedro Albziu Campos statue and the history of Paseo Boricua.

My name is Billy Ocasio. I am the director of the National Museum of Puerto Rican Arts and Culture. Actually, before that I spent 20 years in government, 16 as an alderman for the City of Chicago representing Humboldt Park, four years as a senior advisor to the governor, and now I am a recovered politician.

So, let me start by talking about kind of the origins of what we would say Paseo Boricua is, and how it got started. I became the alderman. I was appointed by Mayor Daley in January of 1993. At that time, the community had already raised the funds to create a statue of Dr. Pedro Albizu Campos. The reason we had created that statue was because we had been Humboldt Park after being displaced from Lincoln Park and Wicker Park, so we decided that we should have some identity in the park itself. Dr. Pedro Albizu Campos, who is one of the leaders that we consider our nationalist Puerto Rican leader was the person we all decided upon after talking to the city about creating the statue. Said, “Sure, go right ahead.” We raised the funds, we created the statue, and then two days before the statue was supposed to go up in Humboldt Park, they came down with a decision saying, “Oh you guys cannot do the statue. And it’s because the materials you used will not withstand the winters of Chicago.” The community came together, created the second statue and two weeks before that statue was supposed to go up, they came back and said, “Sorry, you can’t put up the statue.” And this time they wouldn’t give us a reason why. Basically, they said that “There’s people opposing it, so the statue cannot go up.” We’re like, “But we’re the majority people who live in Humboldt Park, and this is what we’re asking for.”

The community went out to every park district board meeting that there was in opposition of it. And if you know the Puerto Rican community, we just don’t take people. We take our drums. We take our music. We take everything with us, our flags, and we were out there basically saying, “No, we want this in the park.” They would not let us put up the statue. Our elections were coming up, The mayoral and the automatic elections. Remember the mayor’s office coming to me and saying, “We need to figure this thing out. We need to fix this before the elections,” and the elections were basically in February of 1995. The statue issue comes up in May of 1993, so we spend all that time debating this and arguing and struggling and trying to get the statue up. They had offered me at the time, a few dozen jobs, and some money for my election, and I basically said no that the only thing I needed was the statue itself. That if they wanted to unite our community again that what we needed was the statue. The long-term solution was that we created on Paseo Boricua, Division Street, what we call La Casa don Pedro. The statue sits there, but the elections were still coming up, and they wanted to resolve the issue.

After meeting with the Puerto Rican agenda and my own advisors I came up with this idea that what I wanted to do was create a Puerto Rican gateway. And so, we created these two fantastic structures that are 56 feet tall. They weigh over 40 tons, and they cross the span of the street. It was a way of us creating something that would give our Puerto Rican community a sense of pride, but also help develop that community. When you look at it, the street was 83% of the storefronts on Division Street were vacant at the time. Within five years of putting up these flags, 76% of the storefronts were full, and they were owned by Puerto Ricans. The statue inspired a lot of different things to happen. From there, we did a summit that created a ten-year plan that included housing. So if you look at La Division Street now, you see that there’s the Paseo Boricua Apartments. There’s La Estancia. There’s now the new Artist Residency building. All of that really comes out of this statue.